Una buena amiga me explicaba, hace unos días, el gesto que tuvo su hijo de 10 años con ella. Al describirme que se sintió la persona más importante del universo, se me encendió la bombilla y me puse escribir este artículo para elogiar los pequeños (o grandes) placeres de la vida que tenemos a nuestro alcance. Sí, así es. Lo tenemos y debemos disfrutar de ellos como si fuesen los últimos, atesorar cada instante con una intensidad suprema, refugiarnos en su recuerdos, olores, colores y detalles mágicos. Son los pequeños placeres de la vida, los que tenemos que buscar, los que tenemos que construir y paladear.
Leonardo Da Vinci dijo en sus día: “Quien no aprecia los placeres de la vida, no los merece”
 
 
Aprécialos, están ahí, más cerca de lo que crees. Veamos unos retazos: Aquel abrazo sentido de tu hijo, antes de acostarse, percibiendo todo el amor que hay en aquella unión mágica. El guiño de amor secreto, entre versos escondidos y promesas de ilusión. El beso fugaz, de puntillas, ante el portal de un “hasta luego” temido y la esperanza de un mañana prometedor. Aquel bombón que saboreaste como el triunfo del día o aquella rosa que te regaló un admirador secreto, vestida de latidos de impaciencia y locura. Una puesta de sol impresionante, la risa de tu pequeño retoño, un embarazo deseado, un película al cobijo de una brazos protectores y una manta confortable. El libro que te dejó con la boca abierta, aquella canción que te hacía llorar de alegría, aquel baile que pasó a la historia por conocer al amor de tu vida. Pero hay muchos placeres más. ¿no crees? Y ahora te toca a ti ¿Tienes algún tesoro más escondido? ¿Recuerdas algún placer vivido?
Todo, si se siente y se busca, se puede convertir en una fiesta para los sentidos, en un festín de COLORES Y SONRISAS, en el que tu alma brincará de ilusión y tu corazón no dejará de latir de emoción. Matices infinitos, aleteos imperceptibles de guiños y caricias. Todo es un mundo enterrado en nuestros sentimientos, todo es mágico si se quiere ver así, si se quiere disfrutar y llevar esa medida a la grandeza.
Porque si las cosas malas de la vida vienen sin ser llamadas, lo único que nos queda es buscar y saborear, con todas nuestras fuerzas, esos pequeños placeres, esas estrellas que encontramos en el camino y que nos alegran la existencia. Piensa y verás. Cuando te des cuenta, incluso un día de lluvia te parecerá hermosos y te invitará a cantar. ¿Qué no? Haz la prueba.
Vive la vida, aunque el camino sea duro, pues tiene mucho que ofrecer, muchos caminos por explorar y detalles que guardar en el corazón. ¡Nunca dejes de sonreír, mientras caminas!

Dedicado a todos los padres y madres que ven en la sonrisa de su hijo un mundo irrepetible e inigualable. 

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