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LA ROSA DE LOS VIENTOS – LA FUENTE DEL MORO

La rosa de los vientos

Dejando atrás la esbelta Torre de Santa María, en la villa ducal de Marchena – centinela y guardiana  siempre de los veloces trenes y de los no menos soñadores y atónitos viandantes- ; y antes de llegar a los chamorros de Fuentes de Andalucía, se levanta clara como las nubes livianas, la pequeña atalaya custodia del cortijo conocido como: la Fuente del Moro. En ella, pasé una buena parte de mi vida, junto a mi abuela Carmen- señora por los cuatro costados y donde las hubiera- quien además de tocar el piano como los propios espíritus celestes, se hizo hortelana y campesina de arte y de pro, empezando la aventura sólo con un saquito de esterilla parda de garbanzos. Sin que de ninguna manera le diera miedo alguno la abrupta y gélida garrocha del invierno ni del imperioso furor – rojo y quemante-  del no menos forzado verano. Ni de la incesante vuelta de la noche, ni del resonante tronar de la tormenta, ni de la insidiosa ni tampoco de la ardida oscuridad- partida en dos, debido al fulgurante relámpago o el zigzagueante rayo …  - , ni del recio trabajo del campo, ni de la precaria soledad  ni tampoco del dilema de la pobreza.

Agua Ora Pro Nobis. A trabajar que van a dar las cinco de la mañana. A calentar – eso si –  agua con achicoria y rebanadas de pan de orza, con migas mojadas en aceite, azúcar y sal.  ¡ Qué hidalga, con su delantal de cuadritos brunos y  blancos… rumbo a la huerta, mojada en agua bendita del rocío, tintineando en medio de la ruidosa algarada de las níveas bandadas de ocas, de los bravíos caballos, de las negras gallinas de Guinea, de las medrosas vacas, de los toros retintos que rebordeaban en el halo del amanecer. El mugido repetitivo de los bueyes, esperando impávidos el colosal peso del brabán. La piara de yeguas y mulas zarandeando sus largos esquilones de latón y el badajo  de madera noble; que a lo lejos se ensamblaba con el canto de las alondras, los alcaravanes y las avutardas. El reloj sin cuerda  o el radiante lucero del alba, anunciaba el encumbrado despertar de los gañanes, que preparaban afanosos las yuntas,  para comenzar y promover las labores más tempraneras. 

La vida en el campo era tranquila y apacible;  aunque ardua y pesada por la fatiga que había que imprimirle,  hasta a las más tímidas de las labores. El implacable sol del estío, convertía en emperatriz a Doña Carmen, que armonizaba con su presencia la trilla de oro, con aquellos mulos negros como la muerte -  dándole vueltas y vueltas-,  al frenesí de la paja. Las sonoras palmadas de la abuela,  anunciaban el correteo indómito de los tiernos lechones acompañados de sus madres. Hombres, mujeres y niños corrían en vano intentando reconducirlos, a las enjabonadas porquerizas. Los maizales con sus amarillentos y luengos  pimpollos, anunciaban que el fruto estaba ya cercano. Las besanas yacían colmadas de algodoneros con sus sacas blancas a cuestas;  que lucían entre las verdes espigas y las moradas lavandas, cimbreantes de panes y aromas. Todos ellos: el racimo de los labriegos embrujaban el blanco cortijo, en las sudorosas y lánguidas horas del atardecer. Los trinos agudos de los pavos reales, advertían del profundo y misterioso peligro en la noche. El Hada Carmen aparecía en medio de las brumas del legendario río Corbones, con mágicas dádivas casi sacadas de la nada, socorriendo a los humildes mendigos; que concluía alojándolos, en la secreta calidez de los pajares. Comprobé que ella me miraba sigilosa, recordando la honda cicatriz que la puntilla herrumbrosa, atravesó mi pie de niño; porque también andaba descalzo como ella. Parejamente pude comprobar como su bordado mantón de Manila recubría el cuerpo desnudo, de una pobre gitana que iba en una “  troupe “  hacia la feria de Fuentes.  

La nube del polvo del coche de caballo , me impedía ver con nitidez la retirada definitiva de mi abuela.

Allá iba ella, con rumbo inexorable a las verdes y eternas praderas, balanceando su brazo de nácar y de piel morena. … dejando tras de si,  el céfiro plácido de una estela: los trozos de la libreta rota, donde constaban los nombres y las deudas de todos aquellos que le debían. Y antes de desaparecer por completo tras los tarajes de las lomas, dijo con voz espaciosa, acompasada  y sonriente – tal y como hacen las mujeres valerosas y de alto rango :

“estamos todos en paz “

                                                                    Isidro Salvago

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( Tanto los textos como las fotos del autor han sido previamente registrados en la propiedad intelectual )

 

 

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